El lugar al que vuelves cuando ya no eres de ningún lugar

Septiembre llegó de nuevo, dejándonos una sensación agridulce de despedida y de nuevos comienzos.

En Europa, muchas personas aprovechan los meses de verano para viajar, desconectar, recargar energías y disfrutar de unas merecidas vacaciones. Ahora, después de semanas de playas, aeropuertos, pueblos llenos, carreteras, maletas y horarios desordenados, septiembre nos devuelve poco a poco a la rutina.

Y aparece esa palabra que usamos casi sin pensar: volver a casa.

Pero ¿qué ocurre cuando llevas tantos años viajando, viviendo fuera, compartiendo con personas de culturas diferentes y acumulando formas de entender la vida, que ya no sabes exactamente de dónde vienen? ¿Qué ocurre cuando vuelves a tu país y algo ya no termina de encajar?

En mi caso, no tuve vacaciones. Mis proyectos y viajes continuaron sin descanso y, en este momento, me encuentro en un pequeño paraíso que descubrí hace un año y al que siempre sueño con regresar. Uno de esos pocos lugares en los que, por alguna razón, me siento en casa.

Y quizá precisamente por eso llevo unos días pensando en qué significa realmente esa palabra…

¿Cuándo dejamos de saber qué es «normal»?

Debo ser sincera: nunca llegó a convencerme la idea de que las cosas tenían una forma “normal” de hacerse: saludos, horarios de comidas, retrasos razonables, expresiones de afecto, espacio físico entre personas, trabajo y descanso, etc.

Y cuando empecé a convivir entre culturas, me di cuenta de que muchas de las cosas que se consideraban “normales” en mi entorno, realmente eran culturales.

Y cuando has conocido suficientes formas diferentes de entender y de actuar, ocurre algo curioso: ya no sabes cuál es la “normal”.

Te conviertes en una pequeña mezcla de lugares

Quizá ese sea uno de los regalos (y también de las pequeñas crisis) de viajar.

Empiezas a incorporar cosas sin darte cuenta:

Una forma de saludar…

El modo en que tomas el café…

Los horarios de las comidas…

Una manera diferente de entender el cuidado…

Distintas formas de socializar…

Una palabra que se quedó… y otras que olvidaste…

Un ritual…

Y un día te descubres haciendo algo que no sabes exactamente de dónde has sacado. Quizá de alguien que conociste hace diez años y que ni siquiera sabe que te dejó esa pequeña parte de su mundo.

Porque viajar no solo cambia los lugares que conocemos. También cambia las personas que somos.

Y entonces vuelves

Esta es quizá una de las partes más extrañas.

Volver al lugar del que saliste puede ser mucho más desconcertante que marcharte. Porque cuando te vas, esperas encontrar diferencias.

Pero cuando vuelves, esperas encontrar familiaridad. En mi caso, estoy agradecida de encontrarla siempre en mi familia, mis amigos y los lugares que disfruto. Pero otras veces también descubres que tú has cambiado.

Las costumbres que antes te parecían evidentes empiezan a resultarte extrañas…
Algunas conversaciones ya no te interesan…
Algunas formas de relacionarse te resultan demasiado rígidas, demasiado intensas o demasiado distantes…

Y quizá lo más extraño es que nada ni nadie ha cambiado demasiado. Has sido tú quien ha evolucionado hacia otra versión de ti.

La identidad también puede ser una frontera

Hablamos mucho de fronteras geográficas. De países, territorios, migraciones, nacionalidades. Pero existen otras fronteras mucho más difíciles de cartografiar. Las que aparecen cuando ya no sabes exactamente dónde encajas.

Cuando tienes referencias de varios lugares, pero ninguna termina de explicarte por completo. Cuando alguien te pregunta “¿De dónde eres?”, y la respuesta sencilla empieza a parecerte insuficiente.

Porque eres de un lugar, sí. Pero también eres de las personas que conociste allí, de las conversaciones que tuviste, de las casas en las que viviste, de los idiomas que aprendiste, de los lugares que te hicieron sentir pequeña, incómoda, feliz, perdida o profundamente acompañada.

Somos también los lugares que nos han transformado.

Pertenencia: una palabra que me dejó huella

Quizá porque pertenecer no significa necesariamente estar; puedes estar en un lugar y no sentirte parte de él. Al mismo tiempo, puedes sentir una extraña familiaridad con un sitio en el que apenas llevas unas semanas.

La pertenencia tiene menos que ver con el pasaporte y mucho más con esa sensación difícil de explicar de: “Aquí me siento en calma.”

Aquí no necesito traducirme, entiendo los códigos. Aquí puedo ser quien soy, mi sistema nervioso se relaja y algo dentro de mí descansa.

Eso es lo que siento en ese pequeño rincón desde el que escribo esto. No porque sea perfecto ni porque pertenezca completamente a él. Sino porque, de alguna manera, algo de mí se reconoce en este lugar. Siento que una versión más auténtica de mí se deja ver cuando estoy aquí.

A lo que llamamos casa

Hace tiempo, una persona me hizo reflexionar sobre las distintas etapas por las que pasamos a lo largo de nuestra vida.

Durante mucho tiempo pensé que algún día encontraría “mi lugar”, ese sitio definitivo en el que todo tendría sentido. Ahora me dio cuenta de que estaba enfocando mal mi búsqueda…

Quizá no necesito una única casa. Quizá podemos construir pequeñas “casas” en diferentes lugares, personas y momentos.

Una conversación puede ser casa. Una mesa compartida, una canción, una persona, un perro que se acurruca a mi lado mientras escribo esto…

Incluso una página en blanco. Porque quizá sentirse en casa no siempre significa pertenecer a un territorio. A veces significa reconocer algo de nosotros mismos en aquello que tenemos delante.

La diversidad cultural también ocurre dentro de nosotros

Esta es una de las cosas que más me interesan de trabajar con diversidad cultural.

A veces hablamos de culturas como si fueran compartimentos perfectamente separados. Pero las personas somos mezclas, contradicciones, aprendizajes, memoria. Somos todas esas pequeñas cosas que hemos ido recogiendo de los lugares y de las personas que han pasado por nuestra vida.

Por eso, quizá la diversidad cultural no consiste solamente en aprender a convivir con personas diferentes. También consiste en aceptar que nosotros mismos podemos convertirnos en personas diferentes a lo largo del camino.

Y que eso no significa estar perdidos.

Escribo desde este paraíso…

Mientras buena parte de Europa vuelve a la rutina, yo escribo desde uno de los lugares más mágicos que he tenido la suerte de conocer.

Quizá porque he aprendido que no necesito encontrar un lugar donde todo me resulte familiar. Necesito encontrar lugares donde pueda ser curiosa sin estar a la defensiva. Donde pueda aprender sin sentir que tengo que renunciar a lo que soy.

Donde pueda incorporar algo nuevo sin dejar de reconocerme.

Y quizá esa sea, después de tantos años atravesando fronteras, mi definición más sencilla de hogar: un lugar donde puedo seguir convirtiéndome en quien soy.

Porque viajar no siempre nos lleva a casa; a veces hace algo mucho más extraño: nos obliga a construirla dentro de nosotros.

Y cuando eso ocurre, quizá dejamos de ser completamente de un solo lugar. Pero también descubrimos que podemos sentirnos en casa en muchos más lugares de los que imaginábamos.

Leave a Reply